El 5 de agosto de 1877, un funcionario del gobierno británico en Hoogly, India, llamado William Herschel, dirigió una carta al Director General de Prisiones de Bengala, y en ella expresaba: “Le adjunto un trabajo sobre un nuevo método de identificación personal. Consiste en la impresión estampillada de los dedos índice y medio de la mano derecha. Para la obtención de las huellas se puede utilizar tinta de tampón común. Desde hace meses, vengo experimentando el procedimiento con presos, en el registro civil y en el pago de pensiones, y nunca me he encontrado con dificultades prácticas. Hoy, en Hoogly, cualquier persona que necesite un documento tiene que imprimir en él sus huellas dactilares. Actualmente me hallo casi siempre en condiciones de identificar personas por medio de dichas huellas…”
Herschel quien había sido secretario en Janipur, se había encontrado con las extrañas marcas que dejaban las manos sucias en la madera, vidrio y papel. Por casi 20 años coleccionó un millar de papeles que contenían lo que él llamó huellas digitales. Había descubierto que las huellas tomadas a una persona nunca eran idénticas a otras. Que las líneas de las yemas de los dedos formaban siempre dibujos distintos. Descubrió y dejó asentado en su cuaderno de trabajo, que las líneas papilares en cinco, diez, quince y diecinueve años, no sufrieron la menor modificación, aun cuando los individuos habían cambiado de aspecto por vejez, enfermedad o modificación de la fisonomía.
Herschel había dictado esa misiva acostado en un sofá, a la edad de 44 años, y sufriendo de disentería amebiana, lo que le producía mucha fiebre. Diez días después, recibió una respuesta del Inspector General. Era una carta de palabras amables, gentiles, las cuales solo encubrían el hecho de que dicho funcionario estimaba que lo enviado había sido redactado producto de una fuerte alucinación febril. Esta comunicación del Inspector General sumió a Herschel en una profunda depresión y ya más nunca habló de las líneas papilares.
Aproximadamente en esa misma época, pero a 5.956 kilómetros de distancia de Hoogly. Un médico de origen escocés de nombre Henry Faulds, trabajaba en un hospital de Tokio, y daba clases de psicología. Iniciando 1880 envió una carta al periódico inglés “Nature” de Londres, en la cual decía: “En 1879 observé algunos fragmentos de cerámica prehistórica hallados en el Japón, y me llamaron la atención unas huellas dactilares, impresas forzosamente cuando el barro estaba aun blando. Una comparación de estas huellas con otras actuales me indujo a estudiar a fondo el problema…las líneas de la piel no varían durante la vida de una persona, por lo cual constituyen un método mejor que la fotografía para la identificación”
Entre 1879 y 1880, Faulds acumuló muchas huellas dactilares. Con todo el que tenía contacto le solicitaba sus huellas. En una oportunidad cerca de su casa hubo un hurto, pues un sujeto había escalado una pared de color blanco, y allí se veían con claridad las huellas de unos dedos sucios de hollín. Como era conocida por todos la manía de Faulds, le pidieron que fuera a verlas. Luego él solicitó comparar las huellas de la pared con las de un hombre que había detenido la policía y al cual acusaban de ser el ratero. Faulds concluyó que no se trataba de la misma persona. El detenido –según Faulds- no era el ladrón.
Días después fue descubierto otro ladronzuelo, y Faulds tomó sus huellas. Una vez comparadas, señaló que este si era el que había escalado el muro. Sometido a interrogatorios, terminó confesando su participación en el hecho. Frente a ese resultado, Faulds se preguntó: ¿Qué pasaría sí en todos los lugares donde se comete un crimen se tomaran huellas dactilares del delincuente? ¿Y si de esta forma se lograra capturar a los ladrones y asesinos?
Posteriormente se produce otro delito, y la Policía le pide ayuda a Faulds quien logró encontrar una huella dactilar en un vaso. Este hecho le permitió comprobar que no era preciso tener las manos llenas de hollín para dejar huellas, que las glándulas sudoríparas producían una huella grasienta que se podía ver claramente. Faulds al comparar la huella del hurto con la colección que tenía
descubrió que esta coincidía con la de uno de sus criados. Este, luego fue interrogado y confesó su participación.
En la Exposición Internacional de Londres, celebrada en 1884, había un lugar donde se medía a las personas en los brazos, estatura, longitud del tórax, peso. A dicho sitio acudió una persona que era primo de Charles Darwin. El nombre de este caballero era Sir Francis Galton.
Galton se interesó mucho en las huellas dactilares, tanto así que solicitó al periódico “Nature”, unas cartas que había leído tiempo antes de unas personas que se llamaban William Herschel y Henrys Faulds. Galton clasificó las huellas dactilares en: Sin triangulo, con triangulo a la derecha, con triangulo a la izquierda y con varios triángulos.
A 15.917 kilómetros de la India, a 18.059 de Japón y a 11.733 de Londres, un 18 de julio de 1891, el capitán de la Armada Argentina Guillermo Núñez comunicaba al joven funcionario administrativo de la Policía de Buenos Aires, Juan Vucetich, que había oído hablar varias veces de un sistema de identificación inventado en París por una persona de apellido Bertillon.
El Dr. Drago, un buen amigo del capitán había llegado de Francia y le contó maravillas de dicho sistema, al punto de convencerlo de que se probara en La Plata dicho método francés. Así entonces Vucetich recibía de manos del capitán una serie de revistas francesas que hablaban del Bertillonage. Vucetich ya se retiraba, cuando el capitán sacó de su bolsillo una revista y de una manera casi sin darle mayor importancia y en un tono medio despectivo le dijo: “Ahí tiene usted algo más. Una publicación francesa que ayer dejó alguien olvidada. Es la Revue Scientifique del 2 de mayo, en ella se habla de los experimentos de un inglés, un tal Galton. Él se dedica a estudiar las huellas de las yemas de los dedos… Quizás le sirva de algo.”
Estando cumpliendo la orden y por ello ya instalado en Mar del Plata. A Vucetich le llamaba más la atención lo estudiado por Galton, que el propio Bertillonage. Así entonces, el 01 de septiembre de 1891, se hicieron las primeras fichas dactilares
del mundo, tomándose las huellas de 23 presos. Hecho este que convirtió a este centro en la primera Oficina de Identificación Antropométrica del mundo.
“Mis hijos…mis hijos… ha asesinado a mis hijos… Velásquez…mis hijos” La noche del 29 de junio de 1892, Francisca Rojas de 26 años, madre de un niño de 6 y una niña de 4; había encontrando a sus hijos arriba de sus camas, con las cabezas destrozadas en medio de un gran charco de sangre. El sospechoso, Velásquez, un hombre maduro que estaba enamorado de la joven Francisca y con quien había discutido ese día porque ella no le correspondía.
Al llegar el comisario escuchó a Francisca, y mandó inmediatamente a detener a Velásquez, quien fue torturado y además permaneció toda la noche amarrado a una silla en el cuarto donde estaban los cadáveres de los niños. Al día siguiente Velásquez insistía en su inocencia y fue sometido a ocho días de un intenso interrogatorio. Una noche un policía empezó a lanzar piedras a la casa de Francisca y pegaba gritos como de ultratumba donde le decía a Francisca “asesinaaaa…asesinaaaa…nos mataste…asesinaaaa”. Se esperaba que frente a ello Francisca saliera corriendo asustada y confesaría el crimen, pero nada de ello ocurrió.
El 8 de julio llegó a la aldea, el inspector Álvarez, quien trabajaba con Vucetich y sabía lo de las huellas digitales. De inmediato fue a la cabaña para entrevistarse con Francisca y ver si podía ubicar algunas huellas. Mientras tanto Velásquez seguía diciendo “que él si quería a Francisca; pero que no había matado a sus hijos”
Álvarez luego de estar varias horas en la cabaña de Francisca, al caer la tarde y cuando ya se disponía a retirarse derrotado, abrió la puerta de la entrada, un rayo de sol penetró y dio en la puerta del cuarto de los niños. Álvarez observó una mancha de color parduzco y recordó lo que había aprendido con Vucetich. Mandó buscar un serrucho y seccionó parte de la puerta. Se llevó el pedazo de madera a la comisaría, una vez allí comparó la huella encontrada en la puerta con las huellas de Velásquez, así como del novio de Francisca –el cual había dicho “que
si le gustaría vivir con ella, pero el que ella tuviera niños se lo impedía”-; ah y por supuesto también las comparó con las de Francisca.
Hecho esto, y aun cuando no tenía mucha experiencia, Álvarez se le quedó viendo a Francisca frente a frente y le pidió que ella misma viera la huella de su pulgar y la comparara con la que se había ubicado en la puerta del cuarto de los niños. Francisca Rojas, a quien ni los gritos de madrugada habían asustado, confesó: “que sí había matado a sus hijos porque se interponían entre ella y su novio. Que los había golpeado con una piedra que lanzó a un pozo en donde se lavó cuidadosamente las manos.” Sin embargo no se percató de que había tocado la puerta con las manos llenas de sangre.
El 20 de septiembre de 1894, Francisca Rojas fue condenada por filicidio, convirtiéndose así, en el primer caso del mundo en el cual una persona fue condenada por sus huellas dactilares.
Así las cosas, no fue en el norte, Europa o Asia; fue en América del Sur, específicamente en Argentina, el país en donde se resolvió el primer caso en el mundo resultando condenada una persona, todo ello a partir de haber sido identificada por sus huellas dactilares.
José Luis Vegas

—Abogado, redactando tesis de Doctorado en Derecho Constitucional, especialista en Derecho Procesal Penal, posee dos Diplomados “Tendencias del Injusto Penal en el Tercer Milenio” y “Actualización en Derecho Procesal Penal”, en Venezuela posee 100 cursos en Derecho, Capacitación de Postgrado en la Universidad de Salamanca (España), Universidad del Externado (Colombia), Sociedad Cubana de Ciencias Penales (Cuba), Instituto Nacional de Ciencias Penales (México), Latín América Institute or Trial Advocacy Techniques (Colombia), California Western School of Law (USA), Profesor Universidad Santa María y José María Vargas, actualmente es Docente de la Licenciatura en Investigación Criminal y de la Especialidad en Derecho Procesal Oral Familiar en la Universidad de Ciencias Jurídicas de Morelos S.C.

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